DE REZOS Y DRAGONES BLANCOS

Cada cual reza a quien necesita, o a quien puede, ya sea McDonald’s, Star Trek, Nina Simone o a la Reina de las Nieves.

La primera película que vi en el cine fue «La historia interminable» y durante un tiempo recé a Fújur, el maravilloso dragón de Atreyu. A mis siete años, estaba firmemente convencida de que, si alguien en el universo era capaz de protegerme y velar por mis deseos, ese era el dragón blanco de la suerte de aquella película.
Después fui rezando a otras criaturas cinematográficas como Mary Poppins o Pipi Calzaslargas (por la noche, en la cama, cerraba fuerte los ojos y conversaba con cada una de ellas). Más tarde recé a dos amigas, a una maestra y a un entrenador, a un piloto en plenas turbulencias sobre el cielo de París, a una doctora antes de entrar a su consulta para unos resultados y al mismísimo cielo para que lloviera o dejase de llover.

Y también he rezado a la dependienta de la zapatería para que encontrase mi número en el almacén, a la coma del vocativo (ausente y tan necesaria en la frase de la foto) y, por supuesto, he rezado a una cadena de comida rápida alguna noche loca cuando salía exhausta de la biblioteca de la universidad y también alguna otra noche loquísima cuando ni A. ni yo éramos capaces de recordar cómo se encendía la vitrocerámica, porque estábamos concentrados en calcular con precisión cirujana dosis de apiretal o dalsy.

También he rezado a la mujer que regenta el quiosco de mi calle, donde casi siempre encuentro algo para llevar a esa fiesta de cumpleaños a la que olvidé que estaba invitada; y al conductor de autobús que me esperó en la parada el día que llegaba tarde a un sitio donde no podía llegar tarde.

Cada cual reza a quien necesita, lo importante es no dejar de creer en que podemos hacerlo y, con suerte, Fújur se asomará una noche a nuestra ventana y, como a Atreyu, nos guiñará un ojo para que podamos dormir tranquilos.

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