Sed de más

Mi idilio con Nothomb puede llegar a levantar una bruma insensata (como diría Vila-Matas) entre el libro y yo. Es ella, tiene que hacerlo bien, pienso ante cualquiera de sus páginas.

Y lo hace bien, claro que lo hace bien, ha sido agraciada con esa cosa exclusiva (y a veces escasa) que llamamos talento. Pero en «Sed» se enfrentaba a un reto digno de muy pocas plumas: narrar en primera persona las últimas veinticuatro horas de Jesús (aquí no importa el posicionamiento religioso: la trama, el personaje y la autora debían bastar para saber que, si lo lograba, Nothomb tenía entre sus manos un posible clásico universal).

Pero me desinflé como el globo de un niño al final de la fiesta. No sé si la autora escribió bajo demasiada presión, no quería molestar a unos ni a otros y ha terminado por cabrearlos a todos. Leedlo, es bueno, pero no era lo que yo tenía en la cabeza antes de adentrarme en él (quizá la culpa sea solo mía).

En este libro están algunas de las mejores frases e ideas de Amélie, pero creo que ella podía con más, podía haber arañado, golpeado, podía haber retorcido las entrañas de quien la leyera, pero se ha mantenido flotando sobre el agua de un río tibio. Quizá era lo que ella buscaba, solo flotar, dejarnos sedientos de más.

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