LA ESPERA

«Estoy bien, esperándote, ven pronto».
(En la imagen faltan las comas, a veces, las comas son todo, pero ese es otro asunto.)

Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito, dice Manuel Vilas en «Ordesa».


Al salir del trabajo, mi abuela esperaba a mi padre sentada siempre en el mismo banco, un día, decidió no esperarlo más allí: «si me muero, te dolerá ver que el banco sigue, imperturbable, en el mismo lugar».

Vilas tiene razón, que alguien te espere en algún sitio es el único sentido de la vida.


Hay una escena en la serie Foodie love, de Isabel Coixet, en la que un hombre espera a una mujer en un bar, espera porque cree que llegará en cualquier momento, y hay mucha intensidad en esa espera (y algo de ternura también). Primero la esperanza, luego la desesperación, finalmente la desidia, la rabia, el agotamiento. Tras dos horas de espera, se emborracha solo, entonces aparace ella, justo en el peor momento, cuando ya apenas se sostiene en pie, borracho de desperación, borracho de espera. Ella aparece radiante, él entonces olvida la espera y la recibe feliz, como si fuese posible resetear un instante, extirpar un pensamiento, borrar la herida, olvidar la espera. La espera se aparta, si acaso se esconde, pero no se olvida.


«Considera que la espera es la condición esencial del ser humano y a veces actúa en consonancia con esto», lo dice Vila-Matas.


Sobre la espera hay libros (muchos), películas (La espera, de Piero Messina, por ejemplo), una canción de salsa (Marc Anthony) y hasta un cuadro de Picasso titulado también así, «La espera».


«El tiempo no existe», han escrito debajo. Pero sí existe, y está hecho de pequeñas (y grandes) esperas.

Feliz miércoles y feliz espera.

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