LO QUE NO SE NOS DA BIEN

No se me dan bien las plantas. Por eso, dice A., que mejor se encarga él, que mi excesiva generosidad termina siempre por ahogarlas.
Pero a veces, a hurtadillas, me acerco a ellas y pienso que necesitan de mi generosidad. Toco la tierra seca y me convenzo de que A. exagera.
En ocasiones, se les caen las hojas o se ponen marrones y feas, entonces A. se pregunta qué ha podido pasar. Yo me encojo de hombros y y levanto las cejas, mostrando mi absoluta sorpresa en el asunto.

Hay muchas cosas que se me dan mal (de hecho, se me dan mal muchas más cosas que bien), las plantas por ejemplo, también la repostería, esperar en la cola del supermercado, cantar, multiplicar o montar en bicicleta.

A A. le divierte que se me den mal todas esas cosas, le gusta ver como, a pesar de ello, peleo con la manga pastelera y planifico largos viajes en bicicleta que nunca terminamos por hacer.

Supongo que, a menudo, queremos a alguien también por todas esas cosas que no sabe hacer. Porque querer es necesitar estar ahí, a pesar de las canciones desafinadas, de los bizcohos secos, estar ahí, a pesar de las hojas secas.

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