ARDE ESTE LIBRO

«Mi muerte ya ha dado señales de vida, por eso admito con naturalidad que habrá para mí un trayecto en metro que será el último, igual que habrá un último paseo ante el mar, una última vez que me sentaré frente a la pantalla de cine, un último orgasmo, un último día de lluvia recia, un último gajo de naranja, un último miércoles»

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Comencé a leer «Arde este libro» el pasado viernes, al día siguiente leí el titular de la muerte del autor. Supongo que por ello sentí que era un libro inmenso (y que él sabía que era su última obra).
La lectura de pronto se modificó y sus frases me parecían premonitorias, un mensaje que él trataba de lanzar al lector y, quizá, a sí mismo.

«Los muertos no se van hasta que hablas con ellos, hasta que te formulan todas sus preguntas y tú las contestas y ellos, condición indispensable, se sienten satisfechos con las respuestas.»

Hablar con los muertos, hablar con los autores muertos a través de su obra. ¿Puede irse alguna vez un muerto que ha dejado un libro que ahora leo?, ¿regresará a cada frase subrayada?

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Leí el libro como la historia de amor que Marías narra, pero también como un manual literario sobre la creación artística, la vida y la escritura como formas indivisibles.

«Cada libro muta y evoluciona sin prestar atención a las esperanzas y lamentos de quien lo escribe.»

El libro de Marías mutó ante mis ojos de la noche a la mañana. Las mismas palabras tenían, de pronto, otro significado. El libro muta, mutará siempre, porque los libros están tan vivos como los ojos que los leen.

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